Naturaleza muerta (naturalezas muertas)

Un libro de Philippe Ratte

Modestos elementos de lectura de algunas obras de Vermeer

Johannis Vermeer (1632-1675), contemporáneo exacto y vecino de Baruch Spinoza (1632-1677), vivió en Delft, ciudadela de la Reforma. Para casarse, se había hecho católico. En una época de cuasi guerras de religión, eso significaba anteponer abiertamente la felicidad vivida a las pasiones metafísicas.
Ingresó en el gremio de San Lucas de Delft en 1653 y fue elegido síndico en 1662, tal era la maestría que su arte de pintor hizo de él desde muy temprano, en pleno Siglo de Oro neerlandés. Hoy, una veneración prodigiosa rodea su obra, compuesta por unas cuarenta obras maestras universalmente admiradas por su perfección pictórica.
Esta calidad tan manifiesta, al saturar el efecto producido por sus lienzos, raros y preciosos, oculta sin embargo lo más notable de ellos: que son un manifiesto filosófico de una modernidad sin igual.
En una época en la que, en efecto, pese a la rápida expansión de una primera globalización económica que inducía profundas renovaciones intelectuales, se prolongaba el magisterio del cristianismo, envuelto en una guerra de confesiones para controlar su ascendiente cultural y secular, Vermeer inaugura una concepción civil y pacificada del mundo, apoyada en el apacible auge de la prosperidad, cuyo uno de los focos era su ciudad natal. Entre el feroz integrismo calvinista y la fastuosa preponderancia del trono y el altar, unidos en Roma o Versalles, o también en el barroco posterior al Concilio de Trento, que se enfrentaban con fanatismo, el arte del pintor de Delft propone en imágenes una inteligencia del mundo basada en el sereno ejercicio de un arte de vivir secular, arraigado en el curso de los trabajos y los días, serenos y bien hechos.
De la metafísica, de la que en silencio se desprende por completo como de una ficción vana, recupera el sentido de la trascendencia para derramarla en torrentes de suave luz por la atmósfera de sus cuadros, como una presencia que atestigua lo propiamente divino que hay en la naturaleza humana, por entero consagrada a las únicas obras de la vida ordinaria. El genio que irradian sus lienzos reside en esta manera de devolver a la tierra lo inefable de lo inaudito, que la religión había convertido en un dominio reservado, profusamente ornamentado, y de promover así una bella ética de la vida in terra viventium, liberada de las dramatizaciones metafísicas.
Es algo tan nuevo, tan audaz, que en su tiempo habría sido herético expresarlo en estos términos, por lo demás todavía difíciles de formalizar como tales. Por eso Vermeer cifra su mensaje en la concepción sumamente erudita de sus cuadros, que su virtuosismo de pintor disimula después bajo la deslumbrante ejecución de los lienzos. Hay que interrogarlos largamente para discernir que todos pintan en realidad una sola y misma cosa elíptica: un vacío donde habita la ausencia de entelequias metafísicas y que abre así un espacio al vivir.
Un tercio de milenio más tarde, aunque esta concepción entonces secretamente incipiente de un mundo sencillamente humano, y por tanto llamado a volverse serenamente acogedor, se haya impuesto en la civilización global, sigue estando muy lejos de haber triunfado sobre todas las formas de fanatismo que luchan por imponer sus quimeras. Descubrirla y saborearla, en estado nativo, en los aproximadamente 34 lienzos debidamente acreditados, es una fuente muy pura y fecunda de inspiración humanista, de la que el mundo actual tiene una necesidad cada vez más vital.
El objetivo de la presente obra es hacerla perceptible y explícita.

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